15 de febrero de 2018

El voto electrónico



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La democracia representativa tradicional se ha presentado, aparentemente, como el modelo menos malo de gobierno, sin embargo, arrastra ciertos déficits que enturbian la nitidez necesaria para su óptimo desarrollo. Estas carencias han sido replanteadas con la llegada de las tecnologías de la comunicación la información, en concreto el ámbito del que vamos a tratar, el voto electrónico.

Realizaremos un pequeño repaso de la situación antes de pasar a presentar la definición y descripción de lo que entendemos por voto electrónico y todas sus modalidades, sus fortalezas y sus debilidades.

Las TIC no son un elemento nuevo, su llegada ha transformado por completo la sociedad penetrando en todos y cada uno de sus aspectos. Al igual que en la economía ha dado lugar a conceptos como el e-business o el e-commerce, en la gobernanza el e-government, o en la administración pública e-administration, en lo referido a la participación política ha tomado forma de democracia electrónica (e-democracy) tratando de, como hemos comentado, salvar las imperfecciones tradicionales mientras creaba, inexorablemente, una nueva brecha, la digital.

La democracia electrónica viene acompañada del establecimiento de nuevas relaciones entre individuos –conexiones horizontales y en comunidad donde internet, los foros y las redes sociales juegan un papel fundamental– así como el modo por excelencia en que se expresan los intereses de los individuos en un sistema democrático, el voto.

En las últimas tres décadas, además, ha aumentado la frecuencia con la que se realizan procesos electorales –en parte a causa de la mejora democrática que han experimentado algunos países latinoamericanos especialmente– y tanto países en desarrollo, en busca de procesos electorales transparentes con resultados indiscutibles, como países desarrollados, persiguiendo una mayor eficiencia y rapidez en los mismos, han optado la utilización de la tecnología (e-voting) como medio que permite la mejora en la realización de las citas electorales.

Antecedentes

El voto electrónico en sus formas diversas ha alcanzado recientemente atraer el foco de la atención, pero sus precedentes datan, aunque desarrollados de forma irregular, de incluso finales del siglo XIX, cuando aparece en Estados Unidos una de las primeras aplicaciones de tecnologías electromecánicas para el voto y posterior recuento de papeletas. Thomas Edison patentó en 1869 un sistema de grabación de voto electrónico y Jacob H. Myers diseñó la Automatic Voting Machine, utilizada en distintos eventos electorales en el estado de Nueva York, en 1892.

Ya en la primera mitad del siglo XX se perfilaron distintos prototipos de máquina electoral. En los años treinta se implementó, de igual forma en Nueva York, el primer sistema de máquinas de palanca, un método que ha subsistido con el paso del tiempo. No sería hasta los sesenta cuando vieron la luz las primeras máquinas de perforar inspiradas en la tarjeta perforada de IBM, también utilizadas actualmente. El siguiente avance vino de la mano de los bubble ballots, escaneados ópticamente y las máquinas de grabación electrónica directa (DREVM). Estas últimas, cabe apuntar, no superaron los requisitos en cuanto a seguridad en su intento de implementación en 1993 en la ciudad de Nueva York. Hoy en día, en Estados Unidos se utilizan en distintos grados los mecanismos de voto electrónico junto con sistemas manuales.

Pero no es Estados Unidos el único país impulsor del e-voting, desde el desarrollo de tecnologías como las mencionadas hemos presenciado una oleada progresiva y generalizada de intención de desarrollar variantes del voto electrónico, llegando incluso a crear un marco legal ad hoc.

En Europa también se registran hitos en cuanto a la aplicación de dichas tecnologías. El País Vasco es una nación precursora del ámbito y se rige desde 1998 por una legislación electoral que permite explícitamente el uso de voto electrónico; otras comunidades autónomas como Cataluña o Galicia también han experimentado innovaciones en esa dirección. Francia destaca por su prematura legislación sobre máquinas electrónicas (1969) y experiencias e-voting con el apoyo de la Unión Europea. En Noruega y Dinamarca encontramos máquinas de lectura óptica desde hace más de una década. Por último, Bélgica avanza señaladamente hacia una inmersión completa en el voto electrónico, hace treinta años que utilizan un sistema mixto en el que se identifica a los electores de forma tradicional pero se les proporciona una tarjeta magnética que permite realizar el voto mediante un puntero láser para más tarde introducirla en una urna clásica como resguardo electoral. Además sus documentos de identidad portan un chip con certificados digitales para la autentificación del documento y la firma, su adaptación para efectuar el proceso de identificación electrónicamente supondría el punto de inflexión en su completa ejecución.

En India, la introducción de máquinas electrónicas, aunque restringida territorialmente, han mejorado tremendamente el proceso electoral; cada máquina gestiona el voto de 3.840 electores mientras que no más de 1.500 pasan por cada mesa tradicional.

El fenómeno del fraude electoral y la compra de votos han propiciado en algunos países de América Latina la introducción de voto electrónico, en México se crearon nuevas instituciones electorales como el Instituto Federal Electoral (IFE) y el Tribunal Federal Electoral (TFE) e instaló sistemas de transmisión automática de resultados como parte de su modernización. En Venezuela el 100% de los votos se recuentan mediante reconocimiento óptico de caracteres, para lo cual se tuvo de rediseñar el voto. Pero, sin duda alguna, el país puntero en e-voting de la región es Brasil, quien ha logrado una aplicación total de los mecanismos junto con una gran integración de los mismos por parte de los electores, más del 80% de los llamados a votar en Brasil han utilizado esta opción.

Por último, añadir a este respecto que ha sido habitual encontrar ciertos errores en la aplicación de estos mecanismos marcados por las prisas, el desconocimiento del software y la obsolescencia y coste de las máquinas.

¿Qué entendemos por voto electrónico actualmente?

Aquel que se lleve a cabo mediante algún dispositivo electrónico –donde se presenten las distintas opciones y permita su elección inmediata– automáticamente en una urna electrónica o una computadora. Definición que se integra sin problemas en los parámetros descritos por la Federal Election Commission (FEC) para el sistema de votación, “una combinación de equipos mecánicos y electromecánicos o electrónicos que incluye el software requerido para programar y controlar al equipo que se usa para definir las papeletas de votación; para recibir y contar votos; para reportar y/o mostrar resultados de la elección; y para mantener y producir información de auditoría. Además también puede incluir la transmisión de resultados sobre redes de telecomunicación”.

Automatizar el desarrollo, necesario en el proceso electoral, de un conjunto de acciones que exigen manejar un más que notable volumen de datos produce una serie de cambios en los materiales y los procedimientos: se eliminan el voto tradicionalmente entendido, el padrón impreso de electores, el acta electoral y sus traslados, la urna electoral, el voto por error y el resultado por confirmar; y se reduce el número de mesas electorales y sus miembros, colegios electorales, el tiempo de entrega de los resultados y el presupuesto público destinado al proceso electoral.

Tipos de e-voting

Las dos grandes categorías de voto electrónico son los sistemas de voto electrónico basado en papel y los sistemas de voto electrónico de registro directo, que incluye los sistemas de votación en red y en red asistido.

El sistema de votación basado en papel es el que emplea papel (tarjetas perforadas o sensibles a marcas), pueden registrar el voto electrónicamente pero los votos son emitidos y se cuentan mediante conteo manual. Con la innovación en el conteo mediante escaneo óptico y electromecánico o tabulación electrónica aparecieron sistemas en los cuales se podían marcar a mano el voto pero eran contadas electrónicamente.

El sistema de voto electrónico de registro directo (DRE; Direct Record Electronic) está basado en máquinas diseñadas especialmente con ese fin, que graban los votos emitidos desde una pantalla táctil o con botones en memorias removibles y una copia impresa (emitida normalmente al final). Durante el proceso de elección puede establecer conexión con otro dispositivo para consolidar e informar del desarrollo de los acontecimientos. Este sistema dota del manejo del voto exclusivamente al elector, no requiere papeletas y cuenta con un escrutinio preciso e instantáneo, no obstante, implica un cierto nivel de coste y debe ir acompañado con un programa informativo eficaz.

El sistema de votación electrónica en red asistido es presencial e interrelaciona un conjunto de computadoras que intervienen en el voto y el posterior escrutinio. Tras la identificación, se le asignará al elector una computadora (pueden ser perfectamente PCs, lo cual resulta familiar al elector) en la que seleccionará la opción deseada.

Y el sistema de votación electrónica en red no asistido, en cambio, tiene soporte en una plataforma de internet, por lo que no requiere de presencialidad, tan solo conexión a la red.

Los gastos asociados son notablemente menores a los de los anteriores tipos y consigue una extensión mucho mayor (incluso fuera del Estado), sin embargo, los problemas de seguridad han sido el principal motivo de su no aplicación en muchos casos. No se ha diseñado aún una fórmula que proteja al elector de la coacción o la compra de votos, fenómenos plausibles dadas las circunstancias.

Tipos de e-voting



Amenazas

El voto electrónico se desarrolla principalmente en proporción a la voluntad que hay en un país de adoptarlo, parece algo elemental, sin embargo, algunas variables ayudan a explicar verdaderamente la realidad existente:

La predisposición a adoptar medios tecnológicos (o su ausencia) es un factor relevante. En países como los europeos, en los que la población es algo más envejecida, algunos sectores se presentan reacios ante un mundo que les es prácticamente ajeno. Pero lo cierto es que tecnologías igual de hostiles se han instaurado en nuestro día a día sin mayor problema que la adaptación temporal, véanse los cajeros automáticos, los trámites administrativos o el uso del correo electrónico.

La confianza depositada en mecanismos que requieren de “fe” es otro de los elementos a tener en cuenta, típicamente el elector acostumbrado al modo tradicional de voto tiende a confiar de los mecanismo “tangibles” y desconfiar de todo lo que no deje rastro físico. Sin embargo, actualmente hay previstos medios que requieren de una igual o mayor fe, como el voto por correo, por lo que no debería ser extremadamente dificultosa la implantación del e-voting.

La presencia de analfabetización, casi irrelevante en occidente, no así en muchos otros países, conlleva una dificultad añadida para la modernización. A pesar de que es un argumento recurrido por los contrarios a la innovación electoral, las evidencias parecen apuntar que la riqueza visual que ofrece, no solo no perjudica a ese colectivo, sino que les beneficia.

La adopción de tecnologías inadecuadas a las necesidades, el abandono del proceso de modernización o problemas de infraestructura pueden convertir en contraproducente la estrategia del voto electrónico. Para solucionar estos posibles problemas debe darse un apoyo sostenido y consciente acompañado de respaldo experto en la materia.

La posible pérdida de empleos, un suceso plausible y a tener en cuenta como externalidad negativa. Pero no debemos perder la referencia, en la mayoría de los casos este es un coste relativo que va compensado (más o menos) con el empleo fruto de la instalación y mantenimiento del sistema.

La oposición política, una consecuencia previsible si tenemos en cuenta que los partidos más asentados y favorecidos por la estabilidad podrían ver afectado su lugar; y que con la introducción de algunas medidas, el electorado activo podría cambiar en proporciones con la inclusión de las franjas más jóvenes de la demografía. Aun siendo un hecho lógico, cuesta imaginar argumentos democráticos que viren contra la mayor inclusión de electores en el proceso electoral, por encima de los privilegios que haya aportado la situación anterior a alguno partidos.

El nivel de seguridad que asumen que tiene el voto electrónico, pues la desconfianza gira en torno a si el voto es realmente secreto, a la posible manipulación de los resultados, a la dependencia energética del sistema y a la comprobación del correcto funcionamiento del proceso. El grado de fiabilidad en este aspecto es suficientemente elevado, parece pesar más el aura de incredulidad que rodea al voto electrónico que el análisis riguroso de los hechos.

El marco legal, un requisito indispensable para dicho cometido. Para la correcta aplicación de medios tecnológicos en los procesos electorales se han debido de prever con anterioridad en el ámbito legal. Esto supone ciertamente un problema en caso de no encontrar apoyo mayoritario a nivel parlamentario, pero si, como hemos apuntado, ese apoyo es requisito previo, acomodar la legislación para el desarrollo no debiera ser problemático; sin mencionar que los países en los que la ley ya contempla o no prohíbe el e-voting no son pocos.

Los costes económicos no escapan de la crítica, mas, la adopción del voto electrónico puede incrementar al igual que puede disminuir los costes, en relación al sistema anterior, que, recordemos, no es ni mucho menos “gratuito”. Además, la inversión ocupa principalmente la primera etapa, la implementación, mientras que el mantenimiento es menor y puede suponer un ahorro al medio y largo plazo. Pero los costes o beneficios económicos no son los únicos términos a tener en cuenta en esta ecuación, ya que los beneficios no monetarios como la transparencia, la mayor inclusión o la mejora del “servicio” son más que relevantes.

Fortalezas

El voto electrónico, por otro lado, también cuenta en su haber con múltiples ventajas:

Permite, en prácticamente todas sus formas, reducir los procedimientos y recursos que conforman el día de la votación; el número de miembros de mesa, el conteo, el tiempo en obtener los resultados, la figura del voto nulo, etc.

Con un conteo mediante lectura óptica se imposibilita la subjetividad en la evaluación del voto, reduciendo el papel de los apoderados y la posibilidad de manipular (levemente o no) los resultados.

El elector puede verificar la elección realizada, sin embargo, aunque se impugnara la votación, ningún organismo de ningún tipo (tampoco electoral) podría conocer dicha elección.

Es evidente también el ahorro de los costes económico y ecológico al no imprimir papeletas electorales y certificados varios, además del despliegue policial que conlleva el trasporte de los mismos.

Otro hecho, para nada menospreciable, es la confianza de la que dota el e-voting a los electores que se encuentren fuera del territorio estatal, evitando cualquier temor a “errores” en el trámite electoral que dificulten ejercer tal derecho.

Por último, entendiendo que la intención de un sistema democrático participativo es articular una línea de gobierno con constantes intervenciones ciudadanas, el voto electrónico permite realizar consultas en cualquier momento con un ridículo coste marginal en comparación al método tradicional.

Conclusiones

La sociedad actual está inmersa en un constante cambio, el avance de las tecnologías y la globalización marcan los tempos. No parece sensato mostrarse reacio ante la voluntad de evolucionar, mejorar y transformar cualquier aspecto de la sociedad, puesto que resulta pernicioso anclarse. Especialmente ni el derecho ni la cultura democrática pueden permanecer ajenos a dicha evolución, el voto electrónico es un cambio sustancial del proceso participativo en el que se fundamenta el sistema democrático, no obstante, es un cambio a mejor, con sus imperfecciones y la voluntad de salvarlas en un futuro relativamente cercano.

Es nuestra obligación, como ciudadanos creadores y constituyentes de la cultura democrática, y la del derecho como estructura legal que debe adaptarse a la voluntad general en cada momento de su evolución, involucrarnos y trabajar en la adopción de un sistema de voto a la altura del momento.

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